miércoles, 24 de julio de 2013

pérdida de cordura

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Sus caricias te envuelven y te enloquecen. Te hacen sentir el único ser sobre la tierra y nada tiene importancia en aquel momento, excepto sus manos en tu cuerpo. Esas sensaciones son el maná de la felicidad, del placer y la lujuria.
El cuerpo vibra con cada roce. Sus dedos viajan por tus hombros descubiertos, acariciando cada célula de tu piel, despertando y hormigueando el órgano más erótico y extenso que recubre tu cuerpo. Todo reacciona a su paso y tus pechos se yerguen atentos a cada paseo de aquellas maravillosas manos suaves y grandes.
En ese momento reaccionas y te das cuenta de que no estáis realmente solos, de que estáis rodeados de otras personas que están en su propio universo. Bailan, hablan, beben, y tu casi pareces invisible ante aquellos ojos extraños. Te da una especie de seguridad y a la vez de verdadero éxtasis estar junto a gente desconocida haciendo cosas tan intimas y personales.
Vuestras bocas se separan y un gemido se escapa entre tus labios entre abiertos. Te mira, con esos ojos que te hipnotizan, y crees poder volar fuera de tu cuerpo. Te sonríe torciendo la comisura de la boca y al fin has caído en un infierno de lujuria.
Sus brazos rodean tu cintura y te atrae hacia su cuerpo entre chocando el centro de ellos. Y lo notas, lo sientes, duro, fuerte, grande y poderoso. Te hace sentir pequeña y vulnerable a su atracción.
El calor te vuelve a hacer gemir, y él trata de colar su lengua entre tus labios. Saben a cerveza y nunca habías creído que el sabor de esa bebida pudiera parecerte afrodisíaca.
Acaricia tus labios humedeciéndolos y capturas entre tus dientes el musculo juguetón. Tan delicioso como creías que podía estar. Y la lucha vuelve a empezar. Un combate por saber quien derrite a quien.
Una mano en tu pecho, acaricia tu pezón y eso consigue darte el valor suficiente, el coraje para alzar las manos, amarrarte a su nuca y enredar los dedos en su cabello mientras tiras de él y su cabeza cede.
Esta es tu ocasión de devorar con avidez la nuez de su garganta, succionar su piel y lamer cada gota de pasión. Besas el lateral de su cuello y mordisqueas su arteria principal. Huele tan bien que pierdes el norte y te da igual quienes te rodean, necesitas que sea tuyo.


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